Rilke a la conquista del siglo XXI

Rilke a la conquista del siglo XXI

La editorial Linteo inicia la publicación de la obra poética completa del escritor nacido en Praga

¿Quién, si yo gritara, me oiría entre las altas jerarquías de los críticos? Lo bello no es sino el comienzo de lo terrible. Estamos ante un acontecimiento literario: la editorial Linteo, capitaneada por Manuel Ramos y Antonio Colinas, ha logrado editar la ‘Obra poética completa’ de Rainer Maria Rilke —de cuyo fallecimiento se cumple el siglo— en tres tomos, traducida por J. L. Reina Palazón. Acaba de salir el primero. Qué gran manera de rendir homenaje a un poeta crucial de las letras universales por los cien años de su ausencia. ¿Ausencia? Rilke está más presente que nunca; jamás ha dejado de estarlo.

Ya antes de esta edición en tres tomos Visor e Hiperión han editado muchos libros exentos; la edición de Hiperión de ‘El libro de horas’ es de obligada lectura, igual que lo es, en Visor, el libro juvenil ‘Coronado de sueños’. Linteo, pues, presenta en este primer tomo la primera poesía de Rilke, desde el libro inicial ‘Ofrenda a los lares’, de 1895 —Rilke acababa de cumplir veinte años—, hasta el ‘Libro de las imágenes’ —con dos ediciones: 1902 y 1906—. Como bien dice Antonio Colinas en el prólogo, en este primer tomo nos encontramos «ya con símbolos que pasarán con el transcurso del tiempo a ser cardinales en el resto de sus obras. Así, el ángel, la casa, la noche, la infancia o las estaciones del año».

Se puede considerar entonces a Rilke como un poeta del simbolismo más puro, el que partía de Mallarmé para llegar a Paul Valéry, dos grandes poetas franceses de la forma, sí, pero... ¿también del espíritu? Porque Rilke hechiza y emociona a la vez; no le basta con la aventura intelectual. Él, siendo el más alto, baja a escribir sobre la arena la profecía mayor de este mundo: que sobreviviremos de algún modo; que hay emoción y salvación, además de belleza, en la poesía.

Colinas define a esa aspiración del alma como lo sagrado y hace bien. Rilke es el heredero directo de Hölderlin, y por ello sabemos que «cercano está el dios, pero es difícil de coger». Así como ocurría con el dios o los celestiales en Hölderlin ocurre con la poesía misma en Rilke. Es decir, el poeta de Praga sustituye la aspiración romántica hacia el dios por la más moderna aspiración a la Palabra, al Verbo que sopla donde quiere.

Y habría que estudiar ya, en profundidad, la relación, el sorprendente vínculo de un Rilke joven con la plenitud de madurez última de Juan Ramón Jiménez, porque el ‘Libro de horas’ del primero tiene una semejanza de ámbito y voz con el ‘Dios deseado y deseante’ del segundo. El ‘Libro de horas’ y el ‘Libro de las imágenes’ constituyen lo mejor de este primer volumen, pero Rilke es siempre Rilke, incluso en sus obras menores o aparentemente menos importantes.

Me estoy refiriendo, por ejemplo, al maravilloso libro primerizo ‘La canción de amor y muerte del corneta Christoph Rilke’, el poema en prosa que tantos soldados alemanes llevaban en las mochilas durante la Primera Guerra Mundial y que yo descubrí en la espléndida versión de Munárriz en Hiperión. Esta obra, trazada a la sombra ya poderosa de Lou Andreas, el amor que lo llevó a Rusia, a empaparse nuevamente de tierras y gentes extranjeras —como diría Schumann—, nos lleva en una viaje de iniciación al amor, la amistad y la aventura hasta las murallas de lo épico resuelto en el mayor lirismo de su época: «Cabalgar, cabalgar, cabalgar, durante el día, durante la noche, durante el día. Cabalgar, cabalgar, cabalgar».

Pero también tiene tiempo el poeta de lengua alemana de realizar su particular ‘song of myself’ whitmaniana, en el libro ‘Celebración de mí mismo’, publicado en 1909, pero escrito en los años finales del siglo XIX. El libro se abre con dos estrofas centrales para comprender la poética de Rilke, y no solo en los años primeros: «Este es el anhelo: no habitar grave/ y no tener tiempo en el país natal./ Y esto son deseos: diálogos suaves/ de horas diarias con la eternidad./ Y esto es vida. Hasta que emana/ de un ayer la más sola de las horas,/ que sonriendo distinta a sus hermanas/ hacia lo eterno callándose aflora». Ese florecimiento en la eternidad marcará como principal tema su obra maestra: las ‘Elegías de Duino’.

Pasar por la tierra levemente, pero celebrando, hacia la eternidad. Aquí es donde se hermana con Dickinson, Trakl o nuestro Juan Ramón. Otro libro destacado de esta ‘Obra temprana’ es el curioso poema dramático‘La princesa blanca’, un diálogo entre lúcidos personajes como Monna Lara, que le dice a la princesa, casi como un reproche, las palabras «Tú eres joven», a lo cual responde Su Alteza: «Juventud es solo el recuerdo/ de uno que no llegó todavía».

Esta ‘Obra temprana’ de Rilke nos llega editada con la belleza y el mimo propios de Linteo. La traducción de José Luis Reina Palazón desafía lo que yo mismo he defendido como traductor de poemas ingleses: que no ha de haber rima y, si la hay, que sea asonante nada más. Reina Palazón, galardonado dos veces con el Premio Nacional de Traducción —a una obra concreta y a toda su carrera como traductor— vierte aquí en español los poemas de Rilke con rima consonante. Es arriesgado, pero es de justicia reconocer que le sale bien. Y sirva esta mención como homenaje a este traductor, fallecido en 2025, justo al acabar su obra magna: la traducción de todo Rilke.

Rilke, el hombre, podría haber vivido más. Quién sabe. De todas maneras su poesía está ya a punto de conquistar otro siglo.

Texto escrito por José Luis Rey.